Un amigo editor desde la Complutense de Madrid ha estado siguiendo las noticias sobre el terremoto en Colombia; así es, esa es la primicia, y me cuestiona: ¿Qué tan veraz es todo? Bueno, ¿qué tipo de pregunta es esa? Al igual que él, hemos consultado periódicos, visto la televisión y explorado las redes. Sin embargo, su experiencia como periodista en la guerra entre Rusia y Ucrania le lleva a dudar de todo. Es asombroso que un desastre natural genere consternación, pero también deje interrogantes sobre la realidad del evento.
Sucede, y me narra acerca de medios que solamente persiguen el reconocimiento en medio del sufrimiento ajeno. Y es que, tras cincuenta meses del desastre de la guerra en Ucrania, las narrativas ficticias de los medios europeos y sus “zánganos periodistas” comienzan a desmoronarse, lo cual no debería asombrarnos dado que hemos presenciado su misión despreciable. Lo sorprendente es cómo alguien podría no ajustar su perspectiva frente a la realidad. La dolorosa verdad del desastre natural en Colombia es tan clara como la cruda realidad del desastre ocasionado en Ucrania. Ucrania está en vías de desaparición; la infraestructura esencial de Kiev y los puertos de Odesa sobre el mar Negro están colapsando, al igual que la percepción pública de las víctimas y los belicistas de la OTAN y la UE, lo cual es igualmente evidente.
La información preocupante sobre la corrupción en el círculo de Volodimir Zelenski y el agotamiento de sus fuerzas militares está cambiando todo: resulta extraño que las opiniones de algunas personas se mantengan iguales a las de hace cuatro años, y aún más raro que los medios persistan en lo indefendible.
En LP7D pocas cosas nos sorprenden, pero sí nos indignan; medios e informativos de Europa como France 24 de Francia y DW de Alemania se acostumbran a referirse, sin motivo y sin base, a los presidentes de Chile, El Salvador, ahora al de Colombia y a la primera ministra de Italia como «ultraderechistas». Lo hacen de forma tan natural que parece que no los están estigmatizando, sino describiéndolos, como si fuera igual decir que son de derecha. Y, por supuesto, no es igual, porque en política el prefijo «ultra» o «extremo» implica una tendencia que propugna ideas antidemocráticas, totalitarias, intolerantes, xenófobas, supremacistas en términos de raza, clase o etnia o nación, el apartheid, entre otras.
Es evidente el interés de estos periodistas y presentadores, muchos de ellos latinos, a quienes les atrae supuestas mejores condiciones laborales, por estigmatizar a dignatarios que han sido elegidos democráticamente, los cuales respetan la separación de poderes, las libertades, la propiedad privada, la libertad de expresión, etc. Frecuentemente escuchamos a los de DW llamando a Nicolás Maduro o a Daniel Ortega como presidentes progresistas…
Lo más infame lo leemos de columnistas “zánganos de medios” en Colombia, el intento de vincular la tragedia natural con la tragedia política de los últimos cuatro años causada por otro progresista, calculen ustedes el grado de cinismo de esos escritores y de esos medios.




