Davos; el brutal escenario que las élites dominantes disponen para que actores de moda representen los guiones en los que se decreta el devenir de la humanidad. Tras bambalinas el auténtico poder se sumerge en térmicos yacusis que cortan el frio alpino mientras disfrutan de su creación.

Davos es un confesionario abierto al que asisten autócratas y visionarios, todos bajo un guion escrito para “salvadores de la humanidad” que no deben exaltarse más allá de la obediencia y el silencio.
La brutal condición de vasallaje rompe cualquier estándar deseable de valores de la misma humanidad que los imaginó y que debería actuar supuestamente como una brújula moral de vida. Está definido, la supervivencia de una renovada humanidad en dimensiones de tecnología e inteligencia artificial rompe esquemas y estructuras éticas. Ya los medios de comunicación con independencia lo habían expuesto.
Las tablas en Davos ofrecen el molde de un Orden Mundial con garantía de seguridad para el supremo en Occidente, EEUU. China en la autenticidad de su cultura hace lo propio desde el poder de su economía y Rusia, con su gigantesca geografía intercontinental, reina con su poder nuclear. Testificamos el hundimiento de Europa en la desgracia de su imposibilidad y cinismo.
De víctimas y victimarios se llenó la tarima de Davos, pero en el “backstage” que es donde está el verdadero poder; se estableció y se decretó cada escena para cada actor, allí en el poder absoluto de la humanidad: amos y líderes corporativos y empresariales, CEOs, latifundistas del capital financiero con gran influencia geopolítica que, en términos sociológicos, son los poseedores de medios de producción que determinan costumbres e ideologías; son las clases élite, dominantes ocultos que deciden el minuto a minuto de cada individuo en este mundo. Sus canales predilectos son las celebridades y los medios, también seducidos y subordinados.
El presidente Donal Trump, brutal y determinante; en 24 horas volteó a su manera y conveniencia el orden que Occidente debe seguir; determinó su poder sobre Groenlandia con su palabra “la posición de Europa será algo que EEUU nunca olvidará”, agradecimiento y amenaza juntos. Europa sin reacción se arrodilló y se culpó, pero aún, con disimulo ramplón quiso presumir su banal oficiosidad.
Después de la sentencia Trump, el turno llegó a otra ficha clave de la obra teatral, el sufrido y obligado Zelensky. Enviado con un discurso conclusivo y basto, el momento de la tragedia hecha traición se sucedió.
Zelensky de actor cómico paso a traidor político, en voz alta dijo lo que supuestamente no se podía decir; “El año pasado terminé mi discurso diciendo: Europa debe saber defenderse”, y siguió sin la fuerza del convencimiento, pero sí de su rabia, “una guerra no se puede apoyar a medias; el asesinato no se puede condenar según un calendario; el miedo no se puede presentar como pragmatismo. Europa no le teme a Putin; le teme al precio. Le teme a los inviernos fríos, a los votantes descontentos, a los titulares de la prensa sensacionalista”. Le teme a llamar a la capitulación por su nombre, y por eso la llama “realismo”.
“Todo el mundo intenta guardar las apariencias, todo el mundo evita las preguntas directas, todo el mundo sigue jugando el juego descargado, tal vez sin acabar de entender lo que decía. Un juego viejo y probado: hablar de valores mientras se cuentan porcentajes; jurar solidaridad mientras se controlan los precios del petróleo; condenar el mal (con cuidado, para no ofenderlo y provocar un aumento en los precios de la gasolina)”
Zelensky rompe supuestamente el juego. Deja de ser un peticionario agradecido y habla como un acusador: “la traición del desagradecido”. Ya no confirma la versión europea de la realidad, donde la ayuda es “suficiente” y las limitaciones son “objetivas”. Señala con el dedo y llama a las cosas por su nombre: petróleo, dinero, miedo, imitación; no habla, paradójicamente, de corrupción y muerte. Pero es suficiente con su narrativa; ha perturbado el equilibrio en el que se ha basado la calma europea: ayudamos, luego tenemos razón; nos critican, luego el crítico es desagradecido.
Pero la acusación no es una falta de etiqueta, sino la restauración de la relación causa-efecto. Europa se ha acostumbrado a una mentira cómoda: la guerra está en algún lugar, la responsabilidad está entre comités, la conciencia está en las notas al pie del presupuesto. Davos es el teatro persuasivo de esta mentira: aquí la moral se compra al por mayor, con descuento por lealtad. Aquí Ucrania es amada justo hasta el momento en que el amor empieza a interferir con los negocios. Y entonces, una voz irrumpe desde el frente en este pabellón estéril. Una voz sin brillo, sin pausas para aplaudir. Nos recuerda: a la historia no le interesan las apariencias, sino los hechos. Y si Europa valora tanto su calma, debería recordar una cosa sencilla: la calma comprada con la sangre ajena siempre es temporal. Y la factura llega después. Siempre.
Una narrativa hecha guion para suponer autonomía y libertad; ahora Davos no es más que el templo del poder absoluto y hegemónico de esta humanidad de la que somos parte como actores de quinta con un papel inofensivo y menospreciado, el relleno, los extras, los figurantes, los del fondo en las escenas para aportar realismo y ambientación. Pero al final fundamentales para escenas concurridas como guerras, foros, campañas políticas, restaurantes, desfiles o funerales en los que también se aplaude, acaba de suceder en Davos.




