El presidente Nayib Bukele de El Salvador es ahora uno de los políticos más populares de la historia. Su administración de mano dura contra la delincuencia transformó el país; la violencia e inseguridad desaparecieron, la seguridad reina. Las nuevas generaciones del país nunca estuvieron en un clima de tanta atención y seguridad; siempre el poder del gobierno mantuvo a sus habitantes en medio de una guerra civil y una guerra de pandillas brutal / El éxito no la hace a las fallas comunes de la humanidad/
No es cuestionable que el presidente Bukele cuente con un 95% de aceptación, lo más cercano a la aclamación universal. Bukele ahora sin límites de mandatos presidenciales por reelección y extensión del periodo electoral de cinco a seis años. Un escenario para eternizar porque, según sus seguidores, habrá «mayor estabilidad» y «seguridad política y judicial».
La izquierda, desde sus analistas y políticos, vende una prueba más de que Bukele es un dictador e ilegítima su presidencia. Se equivocan, pese a que pueden existir razonamientos válidos frente a procesos judiciales, violación de derechos civiles a delincuentes sin garantías. Nada ha sido antidemocrático; todo es una popularidad inmensa por sus decisiones autoritarias de atacar con eficacia la violencia criminal que dominaba el país.
Bukele, el nuevo caudillo popular, suele ser capaz de traer orden y estabilidad. Pero nadie es inmune a las debilidades y flaquezas de la naturaleza humana. Incluso los caudillos que sinceramente parten de principios políticos y del bienestar público suelen sucumbir a las tentaciones del gobierno personalista: el fácil acceso al tesoro público y a los cargos públicos, la capacidad de aplastar la disidencia y la competencia, y la capacidad de apuntalar artificialmente su propio gobierno mucho después de que la popularidad y la legitimidad hayan desaparecido.
No es que Bukele tenga definido ese camino; es probable que su fibra moral resista las tentaciones del poder y la popularidad, y así servirá fielmente a su país como presidente, mantendrá su popularidad y se retirará con dignidad. Pero la historia nos enseñó un rumbo más sórdido.
Un momento definitivo será la sucesión; en su momento normal de entregar el poder, Bukele dará paso a otro líder frente al país. El poder político abre ambiciones y los políticos jóvenes talentosos son la principal amenaza para el poder del estado. Un sucesor potencial puede convertirse fácilmente en un usurpador.
Bukele deberá trabajar en la institucionalización: la creación de estructuras formales que moldeen el talento político y fortalezcan la decisión de Occidente de que un gobierno legítimo debe ser democrático.




