Inició la liga de fútbol de Colombia 2026; creo que cada vez más es mayor el entusiasmo que la aversión, fieles hinchas de regreso al estadio, van también las “barras bravas”, que se integran por fanáticos profundos y grupos de protesta (ciudadanos pagados para asistir a cualquier tipo de evento público a favor o en contra), ocasionales asistentes y nacientes hinchas, entre otros.

El otro escenario está fuera de los estadios, un cúmulo gigante de seguidores por TV y redes, querendones del fútbol, de la recreación y el entretenimiento. Aquí ahora cabe los millones de apostadores empujados por el deseo de ganar fácil y anhelar imposibles paralelos al fútbol. En ambos escenarios las estrategias de marketing hacen su trabajo de atracción y crecimiento generacional y la gran importancia en la vinculación del mundo femenino y con él la creciente oleada de seguidoras de todas las edades.
En el mundo mediático, la liturgia contiene análisis y especulaciones de elocuentes comentaristas, respetados analistas, cronistas ocasionales, irreflexivos, bullosos toderos. Existen los de la ausencia total, los que no opinan, otros que no saben y otros más que no les interesa; aun así, saben, si no de jugadores, sí de equipos y selección. Ponerse una camiseta de un equipo o de la selección implica y condiciona, ¡soy seguidor!
La liga de Colombia es la tercera en Suramérica, detrás de Brasil y Argentina; ha trascendido su calidad anodina en medio del creciente número de seguidores, millonarias contrataciones y jugosas partidas de sponsor y patrocinadores, estrategias de mercadeo que escurren los bolsillos de los hinchas movidos por la ilusión de una estrella en su escudo y las casas de apuestas que ilusionan con la riqueza fortuita e inmediata.
Por años he tenido la misión de opinar, intentando la transversalidad en el asunto; la apatía vence a veces y el deseo de olvido es consecuente con comportamientos paradójicos en estrategias comerciales de mercadeo, publicidad y, obviamente, los resultados deportivos. Cavilar sobre el tiempo invertido en estas lides del fútbol es una motivación que viene, se va y vuelve. Esa desafección de momentos al fútbol forma y enriquece; vaciar las redes de recuerdos sin intentar convencer a nadie anima el imperdible derecho de amar el fútbol y que se contraponen a esas pasiones que los “antifútbol”, alejados y frívolos, reprochan del comportamiento social en sus percepciones referentes al deporte del fútbol, a sus hinchas y a esa relación inicua de poder y gozo.
Si bien la lógica no tiene cabida en el fútbol, sí existe en escenarios mediáticos y esporádicos callejeros después de cada juego. Allí surgen pasiones cavernícolas y sagradas en fanáticos que hablan de fútbol y de su equipo, ponen sin intención una lógica de perspectivas “antifútbol” sobre las que ilustres eruditos hacen critica a esas hinchadas descarriadas “Incluso cuando uno no desea, ellos no entienden porque no somos, e insisten en hablar como si lo fuéramos”, estimó Umberto Eco.
Del fútbol he de decir que es adorable y ruin; como actores, trascendemos en una agitación masiva entre el placer del triunfo y el dolor de la derrota; en cualquier circunstancia, es probable que muy a menudo se pierda la cabeza.




