Esta división es mucho más que retórica: implica negar la pluralidad inherente a las sociedades modernas. El populismo, en esencia, es anti pluralista, pues afirma que solo una parte de la ciudadanía, la que apoya al líder, representa al “verdadero pueblo”.
Lo vivimos los colombianos en los gobiernos de Álvaro Uribe, expresidente de Colombia, y Gustavo Petro, actual presidente. La encuesta de INVAMER hoy, ofrece comportamientos de datos similares. Ambos arrastran masas; polarizan, no por sus actos (cuestionados y con serias situaciones de corrupción), sino por lo que representan, visiones enteramente opuestas en política y la consecuente naturaleza del uso de poder. No existe en ninguno de los bandos el interés de promover una reflexión crítica de beneficios sociales e individuales. Ambos destruyen el derecho de transformación social usando el poder para imponer, desconocer y condicionar a sus oponentes y sacrificar a toda la sociedad. Populismo puro.
Las visiones de concepción liberal de la democracia deben necesariamente construir mecanismos que protejan a las minorías y garanticen la coexistencia de perspectivas divergentes. No es posible, como ha sido la pretensión de Uribe y Petro de una “voluntad única” que es autoritaria, niega la diversidad de intereses y valores que caracterizan a las sociedades complicadas.
El populismo, tan impuesto ahora de manera binaria, ser o no ser, es el mismo de origen histórico y maniqueo de la sociedad, soportado en el bien y el mal, aunque se presente como audaz, es perverso y profundamente antidemocrático.
El populismo inquieta y atenta contra la democracia cuando el supremo (Uribe – Petro en Colombia o Donald Trump en EEUU) decide en situaciones excepcionales, incluso atentando contra el orden jurídico. El líder populista adopta su lógica; se intuye como único intérprete de la voluntad popular, aun si eso exige vulnerar normas constitucionales.
Este tipo de gobierno, accede al poder mediante elecciones, en algunas situaciones contribuidos por alianzas nefastas. Acontece que, una vez en el poder, rechazan a la oposición, instrumentalizan el lenguaje y, en su discurso público, crean realidades paralelas sin sentido. El uso sin control de las redes sociales dinamiza estas prácticas y controvierte el periodismo libre e independiente. La aproximación emocional de conexión con sus seguidores saca provecho (manipula), la información y la hace impenetrable a la crítica racional.
Al final, el pueblo seguirá siendo el virtuoso, agobiado por las elites del poder que refrendan su posición con hechos del pasado, abroquelan su presente y desafían el porvenir con ilusiones… Lentamente, el pueblo mismo va comprendiendo que al final al pueblo nunca le toca.




