Sería justo, humano y muy fácil “cambiar la vida de la gente” con un ingreso que mejore su calidad de vida. Lo primero a tener en cuenta es que el dinero no es riqueza; riqueza es lo que producimos y ofrecemos a otros: bienes, servicios, conocimiento, tecnología, alimentos, energía, transporte.
En economía, las buenas intenciones no son suficientes; es importante ir más allá y advertir consecuencias. Andrés Correa Zapata es consultor en estrategias de flujo adaptativo; ha escrito una columna que hemos curado en lenguaje periodístico de manera que conserve en esencia su pensar.
Podemos imprimir billetes… pero no podemos imprimir pescado, ni comida, ni viviendas, ni medicinas, ni productividad. Si se aumentan los salarios sin que aumente la cantidad de bienes y servicios producidos, lo único que se produce es que hay más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes (cosas) o incluso menos bienes y servicios. Y eso tiene un nombre: inflación.
Imaginemos dos islas que viven de la pesca; las dos islas tienen la misma cantidad de habitantes, con gente honesta y trabajadora, y tienen un clima similar; pero tienen una diferencia sustancial: En la Isla A: se producen 100 peces al día. Mientras que en la Isla B se producen 2.000 peces al día. La Isla B es 20 veces más productiva que la Isla A. Por eso sus habitantes comen mejor, comercian más, tienen mejores casas, mejores herramientas y mayor calidad de vida. Su prosperidad no viene de un decreto: viene de producir más. Pero ahora en la Isla A aparece un líder populista que promete “empoderar al pueblo” aumentando el salario mínimo al doble “para que todos compren más”. El problema es evidente: No hay más peces en la Isla A, no hay ningún cambio a este respecto. Solo hay salarios más altos persiguiendo la misma cantidad de comida. Los precios suben, la gente puede comprar incluso menos que antes, y el supuesto aumento salarial se evapora en semanas. Y cuando los pescadores piden subir el precio del pescado para cubrir sus propios costos, el gobierno los acusa de “especuladores”. El líder continúa su experimento económico y crea un enorme aparato burocrático: aumenta un 50% los cargos públicos. Es decir, personas que reciben salario… pero no pescan; más gente que no produce nada, pero que consume lo poco que hay en la isla Ese dinero debe salir de algún lado: o de más impuestos, o de deuda, o de imprimir billetes. Cualquiera de las tres opciones hace aún más pobres a los ciudadanos. Resultado final: menos productividad, más inflación, una gran escasez, salarios que valen menos, más pobreza y frustración. Esta historia no es una metáfora literaria. Ha ocurrido y sigue ocurriendo en decenas de países del mundo.
Las consecuencias de subir el salario mínimo por encima de la productividad serán: En primer lugar, las empresas no imprimen dinero. Cuando un gobierno decreta un aumento del 30% en el salario mínimo, los empresarios no reciben un 30% más de ventas, ni los comerciantes un 30% más de clientes, ni los agricultores un 30% más de cosecha. Por eso, tienen solo tres opciones: subir precios, reducir personal o cerrar Cualquier opción genera un efecto negativo generalizado.
En segundo lugar, los precios suben en cadena; si subir salarios no aumenta la producción, pero sí aumenta los costos, los precios suben para compensar. Al subir los precios, el aumento del salario se “consume” rápidamente.
En tercer lugar, se destruyen empleos formales. Las pequeñas empresas no pueden sostener incrementos tan abruptos. Muchas despiden trabajadores o se pasan a la informalidad.
En cuarto lugar, la inflación golpea más fuerte a los más pobres. Los trabajadores con salario mínimo son los primeros en perder poder adquisitivo. Aunque reciban más nominalmente, pueden comprar menos que antes.
En quinto lugar, se distorsiona todo el sistema de precios. El salario mínimo actúa como una piedra lanzada a un lago: las ondas alcanzan toda la estructura productiva. Se encarece la agricultura, la manufactura, el transporte, la logística y los servicios. Lo que debía “proteger al trabajador” termina perjudicándolo.
En sexto lugar, el mensaje más peligroso. Cuando un Estado promete que puede mejorar la vida de las personas sin esfuerzo, sin productividad y sin responsabilidad fiscal, envía una señal destructiva: “La riqueza nace del decreto, no del trabajo”. Eso desacelera la inversión, la innovación y la creación de empleo. Y una economía que no crea valor, destruye bienestar. Los salarios reales dependen de la productividad marginal del trabajo, no de la firma del gobernante de turno. Si la productividad aumenta, los salarios reales suben naturalmente. Si la productividad cae, ningún decreto puede evitar la pobreza. Los países más prósperos del mundo no lo son porque sus gobiernos ordenaron salarios altos, sino porque tienen mercados libres, reglas estables, competencia genuina, instituciones que protegen la propiedad, innovación constante y capital acumulado durante décadas.
La prosperidad se construye; no se decreta. Las buenas intenciones no salvan a una economía; un aumento del salario mínimo del 30% puede sonar compasivo, progresista, humano. Pero sin productividad, sin inversión, sin creación de valor, sin fortalecer el flujo económico, ese aumento se convierte en un golpe directo al bolsillo de quienes supuestamente se quería ayudar.
La historia económica y la lógica más sencilla lo demuestran una y otra vez: La prosperidad no se imprime, se produce. El bienestar no se decreta, se construye. Si realmente queremos ayudar a los trabajadores, debemos ayudar a que las empresas (micro, pymes y grandes) para las que trabajan sean más productivas, no a inflar las cifras nominales. Debemos fortalecer el flujo económico, no reducirlo. Y debemos entender, con firmeza y sin miedo, que las recetas populistas nunca han hecho rico a un país; solo lo han empobrecido más rápidamente.
Coletilla LP7D; es vergonzoso que el ministro de trabajo en Colombia, Antonio Sanguino, ocho días después de haber presentado el decreto de alza del salario mínimo en casi un 24%, no presente aún las consideraciones específicas al mismo. Una vez más demuestra este gobierno que hace las cosas al revés y, como el popular refrán, “tras de cotudo con paperas”, el ministro se ofende cuando se le pregunta: “¿Para cuándo estarán listas?”




