Todos vamos a ganar, nadie va a perder. Salir este domingo a votar al Congreso de Colombia es hacer la tarea que nos corresponde como ciudadanos, responsabilidad antes que nada con nosotros mismos. Eso sí, libres, francos, sinceros, en nuestra esencia auténtica de racionales buenos y honestos. Rechazar coacciones y ausentar odios para resistir esa colonización fútil e ilusoria que nos venden. Restituir el lugar que nos corresponde, el que le corresponde a tú familia en lugar legítimo y limpio de la ciudadanía organizada en el corazón del sistema democrático.

Una democracia en el marco de mejor convivencia en sociedades plurales, exige defenderla con rigor, renovarla con inteligencia y ejercerla con valentía. Resetear el sistema no es una opción, es una necesidad ética: devolver el poder a ciudadanos libres, críticos y organizados.
El populismo es hoy el principal responsable de la polarización que fractura nuestras sociedades. Es el resultado de un progresivo deterioro de un sistema democrático que entre resentimientos y odios se polariza sin ideas. Individuos y organizaciones políticas obsoletas, huyen de agendas que exigen ilustración tecnológica; insisten en acciones rápidas, cortoplacistas y el deseo perpetuo en cargos orgánicos o institucionales.
Una mayoría de aspirantes a elecciones del Congreso en Colombia están contaminados; diferentes modalidades de delito se han colado vestidos de populismo, sin alternativas reales, agendas demagógicas hacen falsas reconfiguraciones del espectro político. Nos engullen porque en cualquier caso somos su alimento.
Todos ahora son la voz del “pueblo verdadero”, opuestos a prácticas de élites corruptas, distantes o decadentes. Esta dicotomía entre “el pueblo” y “la élite”, entre “los de abajo” y “los de arriba”, es la base estructural del discurso populista, aparte de su signo ideológico, evita la energía democrática en la solidez del colectivo que equilibra al poder, niega la fiscalización a los partidos y contrae la participación ciudadana. Es evidente que esa sociedad civil, ese colectivo, hoy está dividido; están marcados unos y marginados otros.
Reducidos a un simple consumidor ordenado por un líder, un rebelde, un contradictor, un violador de la norma que entusiasma y hace creer que estamos mejorando. Es el populismo en su esencia más dramática, fundarse en crítica por subordinación al líder, el horror. La tarea este domingo es ir a votar y, al tiempo de resistir esa colonización fútil, restituir el lugar legítimo de la ciudadanía organizada en el corazón del sistema democrático.
Al paso del primer cuarto del siglo XXI, urge repensar la democracia en un contexto entre otros de disrupción tecnológica y polarización política. Pero este replanteamiento no puede significar rendición ante el populismo, sino su superación. Es necesario un nuevo contrato social que combine innovación institucional y empoderamiento ciudadano. La representación no debe abolirse, sino complementarse con mecanismos que aseguren control ciudadano desde abajo.
Resetear la democracia es también repensar sus fundamentos: recuperar la verdad como bien público, restaurar el valor del conocimiento experto y desmontar el relativismo nihilista que equipara toda opinión a un hecho. El populismo no es democracia; en el mejor de los casos, es una patología de ella; en el peor, un síntoma de su decadencia.
Este domingo 8 de marzo, Colombia debe resetear su democracia por una sociedad civil ilustrada que exija instituciones sólidas y líderes consientes de sus límites que imaginen y renueven, como lo expresó Václav Havel: la verdadera política es “el arte de lo imposible: servir a los demás sin caer en la tentación del poder absoluto”.




