Fallece David Gistau, la contundencia del periodismo

El escritor y periodista español sabía que cada frase debía alojar un golpe seco, cada párrafo una mascarada, cada idea una fogata donde calentar las manos. Y cada recuerdo una nostalgia haciendo sitio a otros.

Internacional - 10 de Febrero de 2020 a las 07:34

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El periodista y escritor, uno de los referentes del periodismo de los últimos 15 años, ha fallecido en Madrid después de dos meses peleando duro contra la muerte.Desde sus inicios como guionista, Gistau destacó por lo impar de su talento y por una trabajada agilidad para combinar lo mordaz de la observación con la inteligencia de quien mira alrededor y donde se avista un dolor se intuye a la vez una promesa.

Sus primeros pasos en el oficio los resolvió en una publicación de viajes hasta que en el diario La Razón, fundado por Luis María Anson, tomó el testigo de la columna de contraportada, donde volcó piezas como bengalas y, a días, como antorchas que alumbraban un camino solo suyo, una senda diferente para descifrar lo que sucedía. Allí desarrolló un columnismo de situación y circunstancias en la tradición que ensancharon González-Ruano, Julio Camba, Josep Pla, Manuel Alcántara y, ya más cerca, Francisco Umbral. David Gistau hizo con ellos (y algún otro) su propia máquina de escribir, su Underwood de hierro colado. Y sumó al idioma que él quería una dosis de hedonismo, dos dedos de distancia y un vuelco de elegante escepticismo. El mejor antídoto para espantar ingenuidades. El síntoma de lucidez de quienes saben que la ventana más potable es la que nunca permite que uno se acostumbre al mundo.

La política, el cine, la Historia, la literatura de Norman Mailer, el boxeo como pasión, la estética y la fe de vida que desprenden las motos Harley, la mitología de las sagas mafiosas y una preferencia por los destellos de la Francia de la Revolución Francesa son parte de los «complementos de armario» (expresión tan Gistau) de su escritura. Y con esos materiales lanzaba al aire su cetrería de palabras cazando noticia, cazando verdades, cazando aquello que no se ve de lo que se está viendo.

Reunió una selección de sus primeras columnas en varios volúmenes: La España de ZP y ¿Qué nos estás haciendo, ZP? (2007). En la novela se estrenó con A que no hay huevos (2004), le siguió Ruido de fondo (2008), y por último, Golpes bajos. El año pasado demostró que en el relato también quería estar. Publicó un intenso y vibrante conjunto de cuentos y otros artefactos literarios de alto voltaje: Gente que se fue, uno de cuyos cuentos le rondaba cerca como para armar con más demora una novela.

David Gistau, era alguien fascinado por los náufragos para estudiar después su viaje.

También desplegó reportajes (fue corresponsal de guerra en Afganistán, una historia más rocambolesca que heroica). Armó entrevistas y textos en prensa que conforman uno de los mejores pulsos del periodismo de hoy. Un legado que hace de EL MUNDO su mejor antología. Y de él, uno de nuestros mejores nombres.

Era un moderno con alergia a la modernidad de espumillón. Un ensanche del buen burgués que sabe desprenderse de su lamparón burgués y echar unas risas al aire y llevar luto por dentro cuando cierran Balmoral, el mítico local de la calle Serrano de Madrid, donde encontró a un ángel custodio con chaquetilla de barman de los de antes, cuando el negroni se hacía sin consultar YouTube.

A ese costumbrismo también dedicó algunos de los mejores textos que dispersó en este periódico. Porque vivir significa exactamente eso: trabar lo mundano con lo doméstico, lo íntimo con lo de afuera, pues el talento siempre acaba por salvar su propio invento.

Tal y como quiso, cumplió algunos años más que su padre. Alcanzó un estilo que salía de decantarse a sí mismo, de extraer la última gota de la toalla sudada. No era de los que exaltan el yo con un acorde de orquesta, sino de los que se lanzan desde el alero del artículo al arcén sin anunciar a nadie que saltará cuando lleguen las mejores corrientes de aire.

Del romanticismo de los comienzos se dejó como amuleto la barba de Hemingway, que ya le clareaba. En su condición de jefe de tribu levantó una familia de seis con Romina y los cuatro niños. También con las tres hermanas. Con su madre francesa. Era con ellos timón y quilla. Rumbo y equilibrio.

A veces lo veías bordeando la tentación de dejarse llevar y esfumarse para escribir una novela bajo un cocotero. Pero David Gistau necesitaba la calle, la dulce mala vida restituida con los de siempre, los titulares, los sumarios, la yesca política a la altura de las rodillas. Los gimnasios. Eran los ingredientes de la columna.De la vida. De la memoria. De la pasión. De la llama de ser uno de los mejores.


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